Los niños y jóvenes estudiantes colombianos están padeciendo somatizaciones físicas como consecuencia del estrés y la ansiedad que se viven en las aulas. Dolores de cabeza, malestares gastrointestinales, cansancio constante o dificultades para dormir se han vuelto manifestaciones frecuentes de una presión que muchas veces pasa desapercibida.
A veces no nos detenemos a pensar qué tan abrumantes pueden resultar las dinámicas escolares para nuestros niños. Ir al colegio debería ser una etapa de goce, descubrimiento y construcción de vínculos, y no una experiencia asociada al miedo, la exigencia excesiva o el sufrimiento. En la infancia, asistir a la escuela implica una ruptura entre lo conocido —el hogar— y lo desconocido, un proceso que, aunque necesario para el desarrollo, puede generar ansiedad si no cuenta con el acompañamiento adecuado.
Cuando hablamos del bachillerato, el panorama se complejiza aún más. Pensar en los adolescentes implica reconocer una etapa vital marcada por la transformación. Desde la propia etimología de la palabra adolescencia, que remite a adolecer, crecer e incluso padecer, entendemos que se trata de un momento de reorganización interna y social. Si bien esta etapa puede ser una oportunidad para construir identidad y proyecto de vida, también conlleva altos niveles de estrés. A esto se suma la carga académica, la presión por alcanzar la “perfección”, las expectativas familiares y sociales, y la angustia que genera la elección de una profesión o un futuro incierto.
Frente a este escenario, resulta necesario preguntarnos qué puede hacer el psicólogo educativo para que la separación entre casa y colegio no sea tan abrupta y para que esta segunda oportunidad de crecer no se convierta en una fuente constante de sufrimiento, sino en un proceso acompañado, comprensivo y respetuoso de los ritmos individuales.
Desde este panorama, el rol del psicólogo educativo se vuelve fundamental. No se trata únicamente de intervenir cuando el malestar ya está instalado, sino de anticiparse a él. El psicólogo educativo puede ayudar a que la escuela deje de ser un espacio de tensión constante y se convierta en un lugar de contención, donde aprender no implique sufrir
Una de sus principales tareas es comprender que no todos los estudiantes aprenden ni se adaptan al mismo ritmo. A través de evaluaciones psicopedagógicas, puede identificar necesidades específicas, estilos de aprendizaje y factores emocionales que están influyendo en el desempeño académico, evitando que las dificultades se interpreten únicamente como falta de interés o de esfuerzo.
Asimismo, el psicólogo educativo puede mediar entre estudiantes, docentes y familias, promoviendo ajustes razonables en las dinámicas académicas. Flexibilizar evaluaciones, revisar cargas académicas y adaptar estrategias pedagógicas no significa bajar el nivel, sino reconocer la diversidad humana dentro del aula.
Otro aspecto clave es el fortalecimiento de la autoestima y de las redes de apoyo. Generar espacios de escucha, asesorías entre pares y programas de acompañamiento emocional permite que los estudiantes no se sientan solos frente a sus exigencias. Sentirse visto, comprendido y validado reduce significativamente los niveles de estrés y ansiedad.
Finalmente, el psicólogo educativo tiene un papel crucial en la construcción del discurso institucional. Cuestionar la idea de que el valor del estudiante se mide únicamente por sus calificaciones y promover una mirada que reconozca lo artístico, lo deportivo y lo emocional como dimensiones igualmente importantes del desarrollo humano es una forma directa de prevención del malestar psicológico en las aulas.


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