Gaby y yo nos llevamos solo 2 años, yo soy la mayor. Cuando era pequeña nuestros papás me dijeron que Gaby tenía un cromosoma de más y que eso la hacía diferente. Yo en medio de mi inocencia les pregunté porqué no la operaban para quitarle ese cromosoma extra, ellos muy pacientemente me explicaron que no era un solo cromosoma extra en todo su cuerpo sino uno extra en todas (o la mayoría) de sus células, y que esa condición se llama Síndrome de Down.

En mi casa nunca nos referimos a su condición como una enfermedad, y a decir verdad los primeros años yo no notaba realmente diferencias con ella; jugábamos, compartíamos y peleábamos como dos hermanas comunes y corrientes, eso sí, mi casa estaba llena de letreros, colchonetas, una hamaca y hasta un pasamanos. Todo esto porque desde muy pequeña mis papás decidieron meterle toda la ficha a que Gaby recibiera la estimulación necesaria y fuera lo más independiente posible.

Gracias a ellos y a mi nana es que Gaby hoy es una mujer de 22 años que va a la universidad, es capaz de hacer todas sus cosas personales sola y tiene excelentes habilidades sociales.
Claramente ha habido muchísimos retos y pruebas, y sé que ella es muy afortunada por contar con una familia y recursos que facilitaron su desarrollo, y lastimosamente ese no es el escenario de muchas personas con necesidades especiales en Colombia.
A veces me pregunto cómo sería mi percepción de las personas con necesidades especiales y de la vida en general si no tuviera a Gaby, porque definitivamente ella me hizo ser quien soy hoy, me hizo una persona sensible, amorosa, paciente y respetuosa y no me imagino la vida sin ella. Además gracias a ella descubrí que uno de mis mayores intereses en la vida es trabajar en la inclusión de las personas con necesidades especiales. Siempre me sentiré agradecida con la vida por darme a Gaby y permitirme tener la perspectiva que tengo hoy en día.



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